julio 22, 2024

Omar García Harfuch 2023-2005 Enrique Peña Nieto: paralelismos

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En la búsqueda por la candidatura de Morena para la Ciudad de México Omar García Harfuch ha tomado una estrategia que apuesta a su imagen personal, tal como en 2005 lo hiciera Enrique Peña Nieto para remontar una notoria desventaja por la gubernatura mexiquense

J. Israel Martínez Macedo / @Mega_IsraelMtz

El año de 2005 fue muy importante para el destino del país y muy pocos lo vislumbraron en ese momento; un joven candidato al gobierno del Estado de México logró dar la vuelta a las encuestas para encumbrarse como gobernador y construir, desde ahí, su candidatura a la Presidencia de la República, que lograría concretar siete años después, en 2012.

El joven candidato comenzó la campaña con todo en su contra: era el abanderado del PRI, un partido que ya desde ese momento vivía en carne propia descalificaciones y resentimientos reales e inventados; era sobrino (en algún nivel) del gobernador en turno; heredero directo de las penas y glorias del linaje del Grupo Atlacomulco y cargó en su contra una imagen de inexperiencia derivada de su rápido ascenso en la política mexiquense aunado a su juventud.

Para sorpresa de propios y extraños, el joven candidato empezó a remontar en las encuestas y para el día de la elección su imagen había subido como la espuma para remontar a los dos adversarios que habían arrancado por delante de él en las preferencias al comienzo de la campaña: por el PAN, Rubén Mendoza Ayala (quién inició como favorito para ganar la elección) y Yeidckol Polevnsky Gurwitz por el PRD (quien se posicionó como un cuadro importante para la izquierda en la entidad y le granjeó la cercanía con Andrés Manuel López Obrador).

El éxito de la campaña, para sorpresa de todos, fue precisamente poder convertir una desventaja en ventaja y explotar su imagen física, su juventud, para enganchar con el público femenino, las votantes mexiquenses que un día lo llevaron a la gubernatura y otro, después, lo colocaron en la Presidencia de la República.

Mucho se escribió, se habló y se comentó en su momento de las consignas que las seguidoras le lanzaban en sus eventos, siendo la más llamativa y reconocida “Peña, bombón, te quiero en mi colchón”, frases que, según quienes estaban involucrados en la campaña, no habían salido del cuarto de guerra sino surgieron espontáneamente de las propias seguidoras.

El equipo de campaña debía calcular hasta una hora de saludos en cada evento porque el candidato tardaba eso, y a veces más, en recorrer los 30 o 40 metros que había entre la entrada del lugar en donde fuera el acto hasta el escenario; en el trayecto: empujones, jaloneos, besos, abrazos, fotos y hasta pellizcos de pompa para el candidato, que debía aguantar de todo con tal de mantener la preferencia femenina hasta el final.

La imagen no lo fue todo, si bien fue suficiente para rebasar sin problemas a Yeidckol (quien más adelante reconocería el fenómeno que representó Enrique Peña en su momento y al que se había enfrentado), ayudó para acercar al priísta con el panista Rubén Mendoza, que se quedó sin gas luego de que algunos miembros de su partido lo abandonaran por sus antecedentes y cercanía con algunos liderazgos tricolores no muy bien vistos por los blanquiazules, además de que se quedó sin recursos porque sus operadores económicos se vieron involucrados en negocios turbios que los obligaron a huir antes de que llegara el día de la jornada electoral.

Se instauró brevemente una forma, una manera, un estilo de hacer campaña en el país: candidatos jóvenes, con cierto atractivo que pudieran atraer para sí las preferencias de las mujeres, principalmente; pero también en sentido contrario, de candidatas que fueran visual entre atractivas para los votantes varones. El cuidado de la imagen personal para los políticos de ambos géneros fue una norma entre los asesores de las futuras contiendas electorales.

El contundente triunfo de Enrique Peña en las urnas en 2012 reforzó la idea de los candidatos jóvenes que gustaban al electorado por encima de los anquilosados políticos de rostros adustos y trajes viejos que no encajaban con los estándares de belleza; formas que predominaron en los procesos electorales hasta 2018 cuando López Obrador mostró que había que cuidar la imagen, pero no era necesario hacerlo como un mecanismo de aspiración o belleza sino también como una forma de empatizar.

Tras el triunfo presidencial lopezobradorista, el paradigma cambió, de nueva cuenta los candidatos ya no debían ser atractivos e incluso tampoco carismáticos, bastaba con tener “arrastre”, envalentonados, incluso groseros y maleducados, pero, eso sí, “pueblo”; que el pueblo se identifique con ellos ya no como una aspiración sino como un elemento de identidad, que la gente sienta que es uno de los suyos quien va a gobernar, aunque no sea cierto.

Por todo esto es que llama la atención la forma, la manera en la que Omar García Harfuch está realizando sus mítines y eventos de promoción en la no-campaña anticipada de la Ciudad de México; en acciones y escenas que inevitablemente hacen recordar aquellas escenas de la campaña de 2005 de Enrique Peña Nieto por el territorio mexiquense.

En los eventos del policía capitalino (se le trata de dar esa imagen para mostrarlo comparte del pueblo, aunque en realidad sus cargos han sido en los mandos más que en la tropa) son principalmente las mujeres quienes lo rodean y buscan acercarse para la foto, el video, el abrazo, el beso y, quizás, algo más con quien se perfila como el postulante oficial para la candidatura de Morena por la Ciudad de México, por encima del “Dr. Muerte Mexicano” Hugo López-Gatell, Clara Brugada y Mariana Boy.

La apuesta morenista no solo es interesante por su semejanza con la campaña electoral de Enrique Peña en 2005, también porque la Ciudad de México pareciera ya no ser el bastión morenista que fue en los últimos años, aquel que garantizaba el triunfo para quien sea que fuere su candidato y que les permitía colocar en ese sitio a quien sea porque la victoria estaba garantizada por adelantado.

Existe un temor real, un riesgo latente para Morena de no ganar la Ciudad de México en 2024 y por ello necesitan a un Enrique Peña en la campaña, un candidato atractivo visualmente para las mujeres, que las haga olvidarse de los errores de la línea 12, de la inseguridad, de las balaceras en las plazas comerciales, de los asaltos, de los secuestros, de los feminicidios, de las fallas del metro, del tráfico insufrible, del alza de precios, de la falta de atención en los hospitales y de los asaltos a mano armada en casi cualquier esquina de la ciudad.

Por eso “Harfuch” (como se le identifica en la campaña) pinta para convertirse en un “Enrique reloaded”, un personaje que explote al máximo su imagen física para que la gente (principalmente las mujeres) olvide sus antecedentes con Genaro García Luna y su participación/no-participación en los hechos de Ayotzinapa, en los que estuvo pero no estaba; así como su papel en el deterioro de la seguridad pública de la capital del país y contrarrestar esos negativos que le hereda quien busca ponerlo ahí, donde pretende estar.

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