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Por Daniel Lee

La comunidad migrante zacatecana ha sido durante décadas un actor fundamental para la economía, la estabilidad social y la proyección internacional del estado. Sin embargo, su peso político sigue siendo, en buena medida, una concesión simbólica más que un ejercicio pleno de derechos. En ese contexto, la iniciativa presentada por el diputado federal Ulises Mejía Haro en la comunidad de Ermita de Guadalupe, Jerez, abre una discusión impostergable: ¿puede hablarse de democracia incluyente cuando millones de mexicanos en el exterior no eligen directamente a quienes dicen representarlos?
La propuesta de reformar la Constitución para que las diputaciones migrantes dejen de asignarse por lista y pasen a ser electas mediante voto directo de los connacionales en el extranjero no es menor. Se trata de cuestionar un modelo que, hasta ahora, ha reducido la representación migrante a un gesto político controlado por partidos y cúpulas, más cercano a la simulación que a la participación auténtica. Acompañado por referentes migrantes como Serafín Bermúdez y Mario Haro, el legislador colocó el tema en el terreno correcto: el de la legitimidad democrática.
El argumento es claro y difícil de refutar. Los zacatecanos que viven fuera del país no solo envían remesas que sostienen economías locales completas; también conservan lazos familiares, productivos y culturales que los mantienen vinculados al destino de sus comunidades de origen. Negarles la posibilidad de elegir a sus propios representantes equivale a tratarlos como una fuente de ingresos, pero no como sujetos plenos de derechos políticos.
No obstante, el reto va más allá de cambiar el mecanismo de elección. La reforma obligaría a replantear la manera en que el Estado mexicano concibe a su diáspora: no como una masa homogénea que se activa en discursos patrióticos, sino como una comunidad diversa, organizada y con demandas concretas en materia laboral, consular, fiscal y de inversión productiva. Sin este cambio de enfoque, cualquier reforma corre el riesgo de quedarse en el papel.
En ese mismo sentido, resulta relevante que durante las asambleas comunitarias se haya puesto sobre la mesa el fortalecimiento del llamado mercado nostalgia. La idea de facilitar la exportación de productos zacatecanos hacia Estados Unidos responde a una lógica de desarrollo que conecta identidad, economía y migración. No se trata solo de vender productos “con sabor a tierra”, sino de construir cadenas productivas que generen empleo en las comunidades expulsoras y fortalezcan a los emprendedores migrantes que ya operan en el exterior.
Sin embargo, esta estrategia requiere algo más que buenas intenciones. Sin reglas claras, financiamiento accesible y acompañamiento técnico real, el mercado nostalgia puede convertirse en otro eslogan sin impacto estructural. La pregunta clave es si el Estado está dispuesto a compartir decisiones y riesgos con las comunidades migrantes, o si seguirá utilizándolas como vitrinas de éxito sin modificar las condiciones de fondo.
La iniciativa de Ulises Mejía Haro no debe leerse como un gesto aislado, sino como una oportunidad para saldar una deuda histórica. Democratizar la representación migrante significa reconocer que la nación no termina en las fronteras y que la ciudadanía no se suspende al cruzarlas. Lo verdaderamente transformador no será aprobar la reforma, sino cumplir su promesa: convertir a los migrantes en actores políticos con voz propia, no en invitados permanentes al discurso oficial.