Compartir Por: Julio de Jesús Ramos García El pasado domingo México vivió una jornada que muchos ya han llamado un “domingo negro”: bloqueos, violencia y disturbios en varias regiones del país tras el operativo militar que culminó con la muerte de Nemesio Oseguera, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. La reacción criminal incluyó incendios de vehículos, cierres de carreteras y ataques en varios estados, recordándonos que la estabilidad económica del país no depende únicamente de indicadores financieros, sino también de la seguridad. Este tipo de episodios no solo afectan la vida cotidiana: también golpean la confianza económica. La economía mexicana venía mostrando señales mixtas: crecimiento moderado cercano al 0.8% anual en 2025 y expectativas cautelosas para 2026, reflejando un país que avanza, pero sin la fuerza suficiente para resistir grandes sacudidas. Sin embargo, el contraste más interesante aparece en el mundo de las tecnofinanzas. Mientras en las carreteras hubo bloqueos, en el sistema financiero digital prácticamente nada se detuvo. Las fintech, los pagos electrónicos y la banca digital continuaron funcionando con normalidad, confirmando que México se ha convertido en una economía que cada vez depende más de sistemas digitales que operan 24 horas al día. Hoy cerca del 70% de los adultos en México utiliza al menos un producto financiero formal, muchos de ellos digitales, lo que demuestra que la economía cotidiana ya no depende exclusivamente de sucursales bancarias o efectivo. Paradójicamente, mientras la economía tradicional puede paralizarse por bloqueos carreteros o cierres comerciales, la economía digital se vuelve más resiliente. Transferencias, pagos electrónicos y operaciones financieras pueden seguir funcionando incluso en momentos de crisis. Esto explica por qué el sector fintech vive una etapa de expansión y consolidación en México, con cientos de empresas desarrollando soluciones para crédito, pagos e inversión. Pero esta resiliencia tecnológica no significa invulnerabilidad. El crecimiento de las tecnofinanzas también trae nuevos riesgos: ciberataques, filtraciones de datos y fraudes digitales se han convertido en amenazas constantes para el sistema financiero. El México de 2026 parece moverse en dos velocidades. Por un lado, un país físico vulnerable a la inseguridad y a los choques políticos o criminales. Por otro, un país digital que avanza hacia la inclusión financiera y la modernización tecnológica. El domingo pasado dejó una lección clara: la estabilidad económica ya no depende solo del crecimiento del PIB o del tipo de cambio. Depende también de la capacidad del Estado para garantizar seguridad y de la capacidad del sistema financiero para resistir crisis. La economía mexicana no se cayó el domingo. Pero tampoco salió intacta; porque en México, incluso cuando los bancos digitales siguen funcionando, la incertidumbre sigue siendo el principal costo invisible. Navegación de entradas Hablar de México sustituye a gobernarlo Una victoria que incendia la normalidad
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