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Por Julio de Jesús Ramos García

Muy apreciables lectores: el Super Bowl siempre ha sido sinónimo de deporte, pero en 2026 la ecuación cambió de forma radical. Históricamente, la final de la NFL atrae audiencias monstruosas y marcas dispuestas a pagar cifras estratosféricas por segundos de publicidad. Este año, con el partido entre Seattle Seahawks y New England Patriots, se esperaba otra vez un duelo memorable tanto dentro como fuera del emparrillado. La final sigue siendo el núcleo del evento, es decir, el motivo por el cual millones de aficionados respetan y siguen la temporada completa. 

Pero si uno mira la conversación pública especialmente fuera de Estados Unidos el show de medio tiempo encabezado por Bad Bunny opacó al juego en atención mediática y cultural. Datos recientes señalan que dos de cada tres mexicanos dijeron que vieron el Super Bowl principalmente por el espectáculo de medio tiempo, y una proporción importante incluso decidió sintonizar el evento debido a la presencia del artista puertorriqueño.

Este fenómeno no es nuevo en su esencia otros espectáculos previos han generado audiencias cercanas o superiores al partido en sí pero sí es la primera vez que una figura de habla hispana domina el centro del escenario y eclipsa la narrativa deportiva para millones de personas en América Latina.

Aquí es donde entra el tema que apasiona a economistas y marcas: ¿cuánto dinero movió todo esto?

En Estados Unidos, las marcas pagaron hasta 8 millones de dólares por un anuncio de 30 segundos, una cifra que demuestra la fortaleza comercial del evento. 

  • La inversión publicitaria global del Super Bowl ronda los 850 millones de dólares solo en espacios de publicidad y marketing, consolidando el evento como un catalizador financiero clave para sectores como tecnología, consumo y entretenimiento. 
  • Para artistas como Bad Bunny, aunque no recibe pago directo de la NFL por el show, la visibilidad global suele traducirse en ingresos indirectos por streaming, ventas y patrocinios de millones de dólares en las semanas posteriores.

En México, aunque el Super Bowl no se jugó en territorio mexicano, el impulso económico se sintió con fuerza:

  • Se estima que el Super Bowl 2026 generó una derrama de alrededor de 56,000 millones de pesos en México, gracias a consumo de alimentos, bebidas, suscripciones y comercio relacionado con las transmisiones del evento. 
  • El aumento en consumo de productos como el aguacate, un ingrediente ligado a las reuniones del Super Bowl, incluso impulsa exportaciones hacia Estados Unidos por montos significativos cada año, reforzando cadenas productivas enteras. 
  • Encuestas previas al evento mostraban que la mayoría de los mexicanos planeaban gastar 500–1,000 pesos por persona solo en comida y bebidas para ver el partido con amigos y familiares, mostrando que el impacto va mucho más allá de la pantalla.

Aquí se encuentra el punto más interesante de la reflexión: el medio tiempo del Super Bowl dejó de ser un interludio y se transformó en un producto cultural con valor económico intrínseco. No solo es un segmento de 13 minutos como fue este año con Bad Bunny sino una plataforma global que:

  • Amplifica marcas y artistas a audiencias de más de 130 millones de espectadores. 
  • Reconfigura el Super Bowl como un evento cultural híbrido en el que la música, identidad y representación (en este caso latina), no son accesorios sino núcleos de atención. 
  • Atrae inversiones publicitarias y alianzas de marca que buscan conectar con públicos más amplios que solo aficionados del fútbol americano. 

Si el Super Bowl fuera una metáfora, este año fue la historia de cómo un espectáculo tradicionalmente estadounidense encontró una narrativa más global, diversa y culturalmente rica. El juego sigue siendo relevante no lo discutimos pero ya no es el único motor que mueve audiencias, marcas, economías o conversaciones sociales. El show de medio tiempo, con potencia económica y de impacto cultural, compite de tú a tú por la atención del público mundial.

En términos financieros, el evento entero partido más espectáculo ha demostrado ser un fenómeno económico global que beneficia tanto a marcas como a economías nacionales, desde los gigantes del streaming y la publicidad en Estados Unidos hasta los mercados de consumo y exportación en México.