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Por Daniel Lee

Este 2026, la migración entre México y Estados Unidos ya no se explica por el cruce de una frontera, sino por la imposibilidad de cruzarla. Las cifras parecen tranquilizadoras para los gobiernos: 65.1% menos flujo hacia Estados Unidos en 2025. Pero detrás de ese número hay una realidad más incómoda: la crisis no desapareció, se estancó en México.
El país se ha convertido en una sala de espera sin garantías. Miles de personas migrantes ya no avanzan, no regresan y tampoco encuentran condiciones mínimas para rehacer su vida. Solicitan asilo en México no porque lo hayan elegido como destino, sino porque el camino se cerró a la fuerza.
La COMAR recibe más solicitudes de las que puede procesar, y el INM opera bajo una lógica de control antes que de protección. El resultado es una institucionalidad rebasada y personas atrapadas en la incertidumbre legal.
Mientras tanto, migrar cuesta más que nunca. Se estima que 1.6 millones de personas han transitado por México, pagando con dinero, salud y dignidad. Extorsiones, cobros ilegales, amenazas y violencia sexual forman parte del trayecto cotidiano. Moverse, sí estimado lector, tiene precio, y ese precio lo fijan tanto redes criminales como autoridades corruptas.

Las caravanas migrantes -129 en total- son la postal más visible de este colapso. No son un desafío al Estado; son una respuesta desesperada a su ausencia. Viajar juntos es la única forma de reducir el riesgo, de hacerse visibles frente a un sistema que prefiere administrar cifras antes que proteger vidas. Que la mayoría se haya registrado en el sexenio anterior y continúe en el actual confirma que el problema es estructural, no coyuntural.
México asumió el papel de guardián migratorio sin construir un sistema de asilo sólido, sin política de integración y sin una estrategia regional real. Hoy paga el costo de esa decisión: más personas varadas, más abusos documentados y una presión humanitaria constante. Estados Unidos cerró su frontera; México quedó con la crisis.
En 2026, migrar ya no significa llegar al norte. Significa quedar atrapado en el sur, en un país que exige contención pero ofrece precariedad. Si no hay un giro profundo —institucional, presupuestal y ético— la migración seguirá siendo administrada como problema de seguridad y no como lo que es: una consecuencia de desigualdades que ningún muro puede contener. Así las cosas, hasta la próxima…

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