
Por Daniel Lee

Bliss, en Texas, se convirtió en el centro de detención migratoria más grande de los Estados Unidos, y este jueves cientos de activistas se unieron en una protesta para exigir su cierre inmediato.
Ciudad de México, 26 Agosto 2025.- Bliss, en Texas, se convirtió en el centro de detención migratoria más grande de los Estados Unidos, y este jueves cientos de activistas se unieron en una protesta para exigir su cierre inmediato.
Y es que el sol abrasador del desierto texano no solo quema la piel, también desnuda la crudeza de un sistema migratorio que insiste en convertir la dignidad humana en mercancía de seguridad nacional. Fort Bliss, rebautizado por las comunidades fronterizas como la Lone Star Lockup, es hoy el emblema más brutal de una política que no resuelve, sino que multiplica el sufrimiento.
Lo saben bien las organizaciones de derechos civiles, defensores de migrantes y hasta legisladores demócratas que se sumaron a la protesta.
La instalación, presentada por el ICE como una “solución de emergencia”, recuerda demasiado a los campos de internamiento de la Segunda Guerra Mundial.
Tiendas de campaña levantadas en medio del árido desierto, con capacidad para 5,000 personas, se han transformado en un espacio de hacinamiento, calor insoportable, alimentación deficiente, carencia de agua potable y ausencia de atención médica adecuada.
Los manifestantes denuncian que hay migrantes que han perdido peso de manera alarmante y que permanecen sin calzado ni ropa básica. No es gestión migratoria, es un laboratorio de deshumanización, señalaron.
Lo que sucede en Fort Bliss no es un accidente, es el resultado de décadas de políticas bipartidistas que han hecho de la detención masiva el negocio más rentable en la frontera.
Se trata de un modelo que canaliza recursos públicos —miles de millones de dólares— hacia empresas privadas de prisiones y contratistas militares, en vez de destinarlos a lo que la región realmente necesita: salud, educación, vivienda e infraestructura para comunidades binacionales que sostienen la economía transfronteriza.
El contraste no puede ser más doloroso: mientras Estados Unidos invoca la defensa de los valores democráticos en el mundo, dentro de su propio territorio instala “campos de concentración” contra personas cuyo único “delito” es buscar refugio o mejores condiciones de vida.
La contradicción es tan evidente que ya no se trata de un debate legal o administrativo, sino de un dilema moral que socava la legitimidad misma del discurso estadounidense en la arena internacional.
La historia de Fort Bliss vuelve como un fantasma incómodo. Durante la Segunda Guerra Mundial, albergó a supuestos “extranjeros enemigos”. Décadas después, bajo la administración Trump, fue la bodega de menores migrantes no acompañados. Hoy, con nuevo nombre y mayor capacidad, se recicla la misma lógica: reducir a personas a simples expedientes, números y cuerpos descartables.
El argumento de la “seguridad nacional” es una cortina de humo. Ningún estudio serio demuestra que los centros de detención masiva disuadan la migración.
Por el contrario, se ha documentado que prolongan los tiempos de resolución, saturan tribunales y generan más tensiones en comunidades fronterizas que ya viven bajo vigilancia excesiva. Existen alternativas probadas —programas de supervisión comunitaria, esquemas de fianzas, redes de acogida con ONG y gobiernos locales— que resultan más humanas, menos costosas y mucho más efectivas para garantizar comparecencias migratorias.
La protesta de cientos de personas en El Paso es más que un acto de resistencia: es un recordatorio de que la frontera no es un espacio vacío para experimentos militares, sino un territorio vivo, con memoria, con comunidades binacionales que saben “que podemos hacerlo mejor”, como señaló Marisa Limón Garza.
Si Estados Unidos quiere seguir proclamándose tierra de libertad, debe comenzar por cerrar sus prisiones migratorias y abrir paso a políticas que reconozcan la humanidad de quienes cruzan su frontera.
El caso de Fort Bliss no es un hecho aislado: es un espejo incómodo para una democracia que prefiere levantar muros y tiendas de campaña en lugar de puentes de entendimiento. Por eso, la exigencia debe ser clara y contundente: ni un centavo más para la industria del encierro, ni un día más de detención masiva.
A propósito, es una lástima y una vergüenza que improvisados diplomáticos como es el caso del ex gobernador de Chiapas, Rutilio, Escandón hoy flamante cónsul de México en Miami solo hablen estupideces al minimizar lo que ocurre en el centro de detención de Florida, el ya famoso Alligator Alcatraz.
Seguro se la pasa en la fiesta gracias a la “beca” de principie que le regaló Andrés Manuel López Obrador por ser tan servil y obsequioso. Quisiera uno verlo a uno u otro tan sólo un día en ese centro -cárcel- a ver si entienden tan solo un poquito a nuestros connacionales.
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